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APRENDIZAJE Y CRECIMIENTO [RRL]

  • 5 jun
  • 2 min de lectura
Si algo otorga densidad a la enseñanza de cualquier tema es que el aprendiente (postulado) despierte del sopor que llamamos«ignorancia» o falta de reconocimiento. Platón, en esto, concordaba con los maestros del zen. Importa subrayar que el aprendiente (postulado) no obtiene el aprendizaje del maestro; si aprende, realmente, es porque el aprendizaje es una fuerza como la que actúa cuando un pollito se vuelve gallo o una semilla, planta. Por eso, el aprendiente es postulado: no sabe que sabe.
Si algo otorga densidad a la enseñanza de cualquier tema es que el aprendiente (postulado) despierte del sopor que llamamos«ignorancia» o falta de reconocimiento. Platón, en esto, concordaba con los maestros del zen. Importa subrayar que el aprendiente (postulado) no obtiene el aprendizaje del maestro; si aprende, realmente, es porque el aprendizaje es una fuerza como la que actúa cuando un pollito se vuelve gallo o una semilla, planta. Por eso, el aprendiente es postulado: no sabe que sabe.

 

Acaso por no reconocerlo, la educación forzada fracasó estrepitosamente. En contra de todas las expectativas despertadas por la voz «alumno» (el que se alimenta), el que aprende se alimenta de una fuerza interior, no de la del maestro (postulado). El siglo XIX, hechizado por la maquinaria (el hechizo de la máquina venía del siglo XVI) supuso que la maquinaria era una analogía válida para ilustrar lo que sucedía en el aprendizaje. Como no entendió, simuló pericia llenándose la boca con el binomio enseñanza-aprendizaje, como si fuera más simple domar dos caballos a la vez que domar apenas uno. O bien: como si fuera más simple domar caballos donde no hay ni caballo ni jinete (postulados).

 

Nada hay ni en la enseñanza ni en el aprendizaje (si es que alguno de ellos existe fuera de las convenciones verbales) que pueda compararse con lo que supuestamente sucede con la maquinaria. Por el contrario, la enseñanza es más bien orgánica, como es orgánico, el crecimiento de la planta: no ceja de noche, aunque el agricultor duerma. Además, se lo acepte o no, la agricultura es un gran acto de fe; el papel del agricultor es esperar sufriendo la posibilidad de brindar testimonio sobre el crecimiento. El maestro, de serlo, como el agricultor, solo puede ser testigo. El resto es o charlatanería o hipocresía (si no es magia negra). De la tontería de utilizar autómatas para el aprendizaje, habría que traer a la mente aquel apólogo chino. Es demasiado para esta notita. Como en los hospitales, en las cárceles y en los cuarteles, el maestro (postulado), de serlo, también está obligado a atestiguar con qué facilidad se arruina la cosecha, cuando la fuerza interna del aprendiente no se dignó a presentarse a la cita.

 

Ahora bien, la foto expuesta es un testimonio, según lo antedicho. La labor acallada del aprendiente fue tan subterránea como la del fruto que un día no está, para estar al otro día, sin dar aviso. ¿Cómo descubrió que hay una manera de graficar el discurso, sin lugar a titubeos? Se le había sugerido practicar el texto, y se puso a arar el terreno de la práctica, de modo de no salirse del surco. Solo el fonetista lo hace: dibujar para el oído el timbre de cada nueva vocal y el golpeteo casi latente de cada consonante. La información brindada, a unos cien alumnos, por el profesor postulado no produjo el fruto que se abrió camino en un solo ánimo. La fuerza dormitaba allí y se despertó. El maestro postulado quedó boquiabierto. El aprendiente de carne, sangre y hueso se apoderó de la lección y los girasoles del campo osaron mirar de frente al sol, sin pestañear. Sucede raramente. Es un prodigio. Nunca hay manera de aplastar a la inteligencia. 


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